La belleza de las flores mientras están aquí

Una reflexión sobre la impermanencia, el reconocimiento de la belleza y la intensidad de los encuentros

La belleza de las flores mientras están aquí

Me gustan mucho las flores. Me gusta deleitarme con sus diferentes colores, texturas y fragancias, y con aquello que cada una, y su conjunto, me hacen sentir.

Contemplar flores, colocarlas en un jarrón en casa o en un lugar con significado, observarlas directamente en la naturaleza, me recuerda la importancia de apreciar la belleza del momento. De la necesidad biológica de reservar momentos de nuestro día para la contemplación.

También hay algo especial en saber que, al día siguiente, pueden ser diferentes. Pueden haber cambiado de forma, haber perdido algunos pétalos o la vivacidad que las hacía tan atractivas a nuestros ojos. Y, aun así, cada etapa tiene su belleza.

Me recuerda la fragilidad del momento presente: el ahora, en el instante siguiente, ya es pasado. La importancia, precisamente por eso, de estar realmente presentes. De conseguir apreciar una flor, a pesar de la fragilidad de su mutación permanente.

No todos los ojos consiguen apreciarla, es cierto. Quizás porque estamos tantas veces acostumbrados a asociar la belleza con el auge, con aquello que está entero, vivo y exuberante. Con aquello que nuestros ojos han aprendido a asociar con la perfección.

Quizás nos resulte más difícil reconocer la belleza en aquello que empieza a transformarse, a perder, poco a poco, su color vivo, su forma natural y erguida.

Para mí, las flores también materializan una fragilidad poética: el deseo de preservar el ahora, acompañado de la conciencia de que el ahora no puede conservarse para siempre.

Personifican el concepto de belleza que, en realidad, lleva consigo una subjetividad que no siempre recordamos. Lo que es bello para mí puede no serlo para ti.

Ayer me decían:

“Me gustan mucho las flores, huelen tan bien, pero se estropean enseguida. Nunca las tengo en casa.”

Y yo respondí:

“Son bonitas durante el tiempo que duren. Y podemos aprovechar ese tiempo.”

Me quedé pensando en aquella conversación.

Hay cosas bonitas que duran menos tiempo. Es verdad. Pero que nos tocan más profundamente que muchas otras que duran toda una vida.

Quizás el valor de algo no esté en su duración. Quizás esté también en aquello que nos permitió sentir mientras estuvo con nosotros.

Quizás aceptar que algo va a cambiar o terminar no tenga necesariamente que quitar valor a la experiencia de haberlo vivido.

Y también… que la belleza está en los ojos de quien la mira.

Las flores me recuerdan todo esto y mucho más. Contemplar una flor es una experiencia en sí misma. Y, por eso, no necesito que duren para siempre. Veo belleza en apreciarlas mientras están aquí.

Quizás también sea así con algunos momentos, algunas conversaciones y algunos encuentros. No necesitamos que duren para siempre para que hayan sido importantes. Hay cosas que pasan por nuestra vida durante un instante y que, aun así, dejan algo de sí en nosotros. Se quedan guardadas en el corazón, en la memoria, en aquello que sentimos y en la forma en que nos tocaron el alma.

Quizás también ahí haya una parte de la belleza: en poder estar verdaderamente presentes para aquello que existe, mientras existe.

Con amor 🌸

Daniela

La belleza de las flores: reflexión sobre la impermanencia